Recientemente tuve una interesante conversación con uno de los más importantes abogados litigantes del Perú. Prefiero no revelar su nombre por confidencialidad. Y uno de los comentarios más representativos que me señaló fue el siguiente:
"Al iniciar mi práctica como independiente, me fijé el objetivo de convertirme en el más importante abogado litigante del Perú, y creo que a la fecha mi despacho está manteniendo esa posición. Y el camino fue allanado, pues dos de los principales litigantes a quienes avisté como mis competidores, prácticamente se han retirado. Uno disfruta de las fabulosas playas norteñas del Perú escribiendo, y el otro se divierte jugando el deporte con que culturalmente los hombres de negocios americanos cierran sus negocios.
Le pregunté a cada uno, ustedes han construido un nombre en el país ¿qué va a pasar con éste? La respuesta fue común: Estamos cansados y ya hicimos nuestra tarea."
Esta forma de pensar de dos importantes abogados, es esencialmente una consecuencia del tradicionalismo o antigua costumbre tan arraigada que padecen muchos colegas. Nombres de personas brillantes, serán sólo un recuerdo en la próxima década. Y ¿qué pasará con el equipo de colaboradores de estos dos brillantes abogados? ¿qué pasará con los nombres que construyeron estas personas? Y sobre todo: ¿qué pensarán sus clientes? Creo que las respuestas a estas preguntas caen por si mismas de ‘maduras’.
Indudablemente, gestionar un despacho pensando bajo formas tradicionales produce fatalidades. Pues grandes estudios jurídicos pueden salir del mercado en mucho menos tiempo del que pueda pensarse. En otras palabras, lo que a esos hombres brillantes del Derecho les tomó cerca de 20 ó 30 años o más construir en la práctica del Derecho, su falta de visión y gestión en la administración de sus despachos, ocasionará que en menos de un año formen parte de recuerdos, pues sus estudios jurídicos ya no existirán. Desaparecerán, o serán absorbidos. Tal como ha sucedido con una de las firmas de dichos brillantes litigantes.
Esto corrobora en buena medida una de las conclusiones a las que arribé en mi libro al sostener: “...la constante en la gran mayoría de despachos de abogados que tienen altos rendimientos económicos, es que se encuentran en una especie de círculo virtuoso en donde se hace un muy buen trabajo, tratando de reclutar a los mejores talentos de los menos rentables competidores. Rigen sus operaciones por ideologías acerca del desarrollo profesional, las relaciones con sus clientes y las relaciones con los demás colegas del despacho; invierten en su expansión, así como en la creación o refinamiento de nuevas ofertas de servicios y tecnologías de punta (...) Mientras que aquellas firmas legales con baja proyección de crecimiento, se encuentran atascadas en una especie de espiral en continua caída: pierden talentos y prestigio a ritmo acelerado, se encogen, algunas con suerte terminan siendo adquiridas o absorbidas por otros despachos o, simplemente, llega un momento en donde se convierten en prestadores de servicios calificados como ‘comodities’...” (La vida recompensa las acciones: Márketing y prácticas para la generación de negocios en el despacho de abogados; página. 130)
En definitiva, soy un convencido que las opciones que tienen los estudios jurídicos con respecto a su ‘visión’ de trabajo son solamente dos: O se rigen con gestión empresarial, o esperan a que las cosas fluyan de manera natural y desaparezcan.
Ivan Cavero de la Peña
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